Un día del 2041
El calor era asfixiante. Incluso con la sombrilla Gerardito sentía como los rayos del sol le quemaban la espalda. El sudor le recorría desde la frente hasta las nalgas y sus tenis ya estaban empapados. Gerardo era un niño de 16 años. Flaco y afilado como un cuchillo. De ojos tan negros que parecían obsidianas. Trabajaba en un tianguis de Chalma vendiendo chacharas. Sus amigos le decían “el viejito” porque le gustaban escuchar las cumbias de con las que su mamá lo había criado. Extrañaba mucho a su mamá, hacían ya cinco años que se había ido al gabacho, como la mitad de los papás de sus amigos. Recordaba en especial su voz, aquella voz dulce pero firme que le sacaba un susto cuando de morro hacía travesuras. Recordaba su rostro, pero solo en fotos. Extrañamente en sus recuerdos solo aparecía de espaldas. Empezaba a sumergirse en sus recuerdos cuando una voz vieja y familiar lo interrumpió.
—¿Qué pasó Gerardito? ¿Ya mero? —. Preguntó Don Oliver, un señor como de 60 que a menudo iba a comprarle cuanta herramienta y fierro tenía, y de vez en cuando otras cosas. Siempre vestía de camisa a rayas y un sombrero café enorme. Bajo el sombrero y en su nuca una larga trenza gris le caía por el hombro derecho. La última evidencia de que alguna vez había tenido cabello.
—Ya mero. Ya mero jefe —. Respondía Gerardito, apartando sus recuerdos —¿Ps ya que hace? Las cinco creo. Ora si no le traje fierros, pero ahí tengo unos en la casa. Son de unos triciclos, pero ps pal kilo ¿no?
—Va que va, no te preocupes Gerardito. Luego paso por ellos. Oye ¿Y ahora no traes mota?
—No jefe, ora no pude ir al centro.
—Mmm ya, ps ni hablar. Pero si te la encargo porfas Gerardito. Ya ves que no puedo con mis reumas. Compraría en el walmar o en las tres B pero no me gusta porque es gringa. Luego no sale buena.
—Si Don Oliver yo se la traigo el jueves sin falla.
—Ya quedamos pues. Cuídate Gerardito.
—Sale mi jefe, suerte.
Don Oliver se fue a paso firme y constante, pero rengueando un poco de su lado Izquierdo. Había sido instructor de Jiu Jitsu, pero esas épocas ya habían quedado atrás. Gerardo sacó su celular y abrió las notas. Apuntó: “miercoles ir a tlalne por maria”. Pasó un rato y ya era hora de ir levantando. Le fue bien ese día. Vendió unos Nike rosas, una plancha, un gato que ya ni medio servía y unas pilas recargables. Guardaba las chacharas en una caja de plástico montada en un diablito. El calor no cedía. Ya no hacía tanto sol, pero el ambiente era seco y bochornoso. Había veces que hasta los ojos le lloraban del calor. Con frecuencia sentía que ya ni el agua lo refrescaba. Mientras doblaba la lona que ponía en el piso escucho un silbido montado en una motoneta. Era su amigo, el tunas. Cuando Gerardo volteó a verlo le sonrió y le regresó el silbido. <<Tsaaa si es cierto, que el miércoles tengo que ponerme el refuerzo con ese wey. Bueno sirve que me acompaña por la mota. Pinche vacuna como duele la chingadera>> Pensó Gerardo.
Ya tenía todo guardado y recogido sobre su diablito. Sacó su celular y vio que ya eran las siete. <<Verde, ya ha de haber salido la Mariana>> En seguida empujó el carrito con toda la fuerza y velocidad que su flaco cuerpo le permitía. Corrió unas cinco calles con su diablo hasta llegar a la secundaria. Subió a la banqueta el diablo y lo llevó hasta la puerta de la escuela. Ahí le preguntó por su hermana Mariana a la maestra y esta se metió a la escuela sin decirle nada a Gerardo. <<A ver si no se fue esta chamaca, ya sabe que no debe irse sin mi>> Gerardito jugaba nervioso con un paliacate verde aceituna que traía amarrado al pantalón de mezclilla gris. Escuchó unos zapatos pequeños pero ruidosos acercarse. Marianita cargaba su mochila morada y negra decorada con cosas de una banda japonesa. Se veía un poco molesta y desesperada. Su diadema con orejas de gato se iluminaba con leds de color rojo.
—Ya me iba a ir, te tardas un buen —. Reclamó Marianita. Tenía 13 años. Iba en primero de secundaria y ya había sucedido que algunas veces se iba para su casa porque su hermano se tardaba. Era algo impaciente y rebelde Marianita.
—Ya sé, sorry, se me fue el pedal. Aun así, ya sabes que no te debes de ir sin mí. El awelo no te dice nada pero yo si te puedo castigar morra. Ora, tu mocla échala.
Marianita aventó su mochila sobre la caja azul de las chacharas. Gerardo jaló y bajo el diablito de la banqueta y con Marianita enfrente empezaron a subir el cerro hacía su casa. Era un camino largo y empinado. Su casa quedaba a la mitad del cerro porque ahí les dieron un terreno cuando los obligaron a vender su casa de más abajo, rumbo a Santa Cecilia, para poner un nuevo centro comercial. Antes de subir la pendiente de asfalto Gerardo se quitó su paliacate y se lo amarró a la frente morena. La subida siempre le sacaba un río de sudor que emanaba desde su negro y erizo cabello, corto y tosco. Se tardaban entre 20 y 30 min porque el cerro era alto y Gerardo no era muy fuerte. Cuando miraba al cerro sentía como si se lo fuera a tragar. Sentía que el cerro se le vendría encima como unas gigantescas y grises fauces. El marianita incluso lo ayudaba a jalar el diablito en unos tramos, pero si a Gerardo le costaba la niña tampoco podía hacer mucho. Tres calles a la izquierda estaba en construcción unas escaleras eléctricas desde hace dos años. Durante la subida Gerardo las podía ver a través de las calles. Sentía como si se rieran de verlo sudar con su diablito y su caja. <<Pinches escaleras, ¿cuándo estarán las culeras? Pura mamada que hacen con el dinero>>.
Finalmente, y después de 20 largos y desgastantes minutos llegaron a la esquina de donde vivían. Se detuvo un momento para tomar aire. Se volteó hacia el valle. Tenía ocho cuando llegaron a donde ahora vive. Cuando llegaron apenas y estaban acondicionando el cerro y los otros cerros, los que rodean a la ciudad, todavía conocían el verde de los árboles. Para cuando entró a la secundaria su madre se había ido y en los cerros se extendían las casas hasta la cúspide. Como si a los árboles les hubieran crecido casas. Casas tan grises que hasta se tragaban la luz del día. Recordó la última vez que había estado en esa esquina con su mamá. Se comían una nieve de limón. Su hermana jugaba con su abuelo a aventar unas brujitas en la calle. Lo recordaba todo. Recordaba las carcajadas de su hermanita, el olor a cigarro de su abuelo y su chaleco de lana negro y café. Recordaba su helado derritiéndose y poniéndole pegostiosos los dedos. Recordaba el suéter magenta de su mamá y sus zapatos blancos. Recordaba todo menos el rostro de su mamá. Pero aún podía escuchar su voz, como si la brisa la hubiera guardado para susurrarle cada que se paraba en esa esquina. “Todo va a estar bien hijo, no quiero que chilles más porque debes ser fuerte. Debes cuidar a tu hermanita y ayudarla” susurraba una voz del pasado en el viento.
Despertó de sus recuerdos. Las luces de las casas le saturaban los ojos y le sacaban lagrimas ¿o eran los recuerdos? Se puso de pie y jaló el diablito. Se pararon en la tienda a comprar una coca y frijoles. Caminaron un poco más hasta un zaguán negro incrustado en un muro de cemento y pintura color menta. Marianita sacó de su mochila unas llaves y abrió la puerta del Zaguán. Gerardo metió el diablito y lo dejó al lado de la puerta. Listo para sacarlo y bajarlo hasta el mercado el próximo jueves. Mariana le dio las cosas de la tienda a Gerardo. Cruzaron el pequeño patio y se metieron a su casa. Marianita tocó la puerta. La abrió su abuelo Juan, un señor ya mayor (como de unos setenta y algo) con el cabello canoso y unas entradas prominentes. A menudo el señor se peinaba para arriba y le decía a Gerardo: mira mijo, como veggeta, el de las caris.
—Quiobole mijos! Qué bueno que ya están aquí —. El señor abrazó a su nieta entre risas de alegría. También abrazó a su nieto y le recibió el refresco y los frijoles. Entraron al comedor. El señor Juan puso las cosas sobre la mesa.
—Trajimos refresco y unos frijoles para hacernos unas tostadas con la tinga. ¿Todavía hay tostadas vea? —. preguntó Gerardo.
—Si mijo, todavía hay. Yo la verdad me voy a hacer una torta de frijoles y queso de puerco porque se me antojó, la mera verdad jaja—. Respondió el abuelo entre risitas —Ahorita les caliento pa cenar de una. Has de venir con un hambre...
El señor Juan calentó rápidamente la comida. La panza ya le gruñía a Gerardo, pero este se distraía en su celular al igual que lo hacía su hermana.
—¿Llamó hoy? —. preguntó Mariana.
—No mi niña, ha de andar muy ocupada. Pero ojala y Dios quiera que esté bien.
Se sentaron a comer. Gerardo se atascaba con las tostadas. Su abuelo se veía que disfrutaba su torta. Marianita en cambio prestaba más atención a su celular que a la comida. En la tele pasaban una de los Avengers, una ya viejita, la dos o la tres. Cenaron muy bien mientras platicaban del calor, de cómo le había ido a Mariana en la escuela y de las cosas que había hecho el abuelo en el día. Cuando terminaron de cenar su abuelo se encargó de limpiar la mesa mientras Mariana y Gerardo se sentaban en un silloncito a ver la tele. Mariana le cambió al canal, puso uno de los conciertos de aquellos grupos asiáticos que tanto le gustaban. Gerardo solo se sentó a ver la tele. No le prestaba atención al programa. La tele lo dormía, o tal vez era el solazo que había sentido en la tarde. Cerró sus ojos y se durmió mientras de fondo sonaba una canción coreana.

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